TRES FLORES EXTRAORDINARIAS
En un jardín de Bagdad, un hombre de turbante azul cultiva tulipanes.
Ningún color falta en su jardín. Los rojos sanguíneos y crepusculares, los
blancos de la leche y de la muerte, los negros de la noche y del humo, y el azul
de los fantasmas y de los turbantes.
Hay muchas flores en el jardín aunque no son infinitas. Tres de ella son extraordinarias. Pero el jardinero no
lo sabe.
Un tulipán guarda entre
sus pétalos todas las risas. Las que se han extinguido, las risas del presente,
las que vendrán después. Las risas
tormentosas. Las de una niña y sus juguetes. Las risas que se ocultan por
vergüenza. Las de un recién nacido, las que se parecen al mar golpeando contra
los acantilados, las risas que son como plumas caídas, las risas de bordes
filosos, las risas sin dientes.
La segunda flor contiene
todos los insultos. Los que saben a óxido y los que no tienen gusto a nada. Los
que nacen en la panza, los que rebotan en las paredes, los que se escapan hacia
arriba como el aire caliente, los que nos persiguen como sombras, los que nadie
ha dicho en el momento justo, los imprescindibles, los incompletos. Los que
están en todos los idiomas.
La tercera contiene
silencios. De los que no acaban y de los que sí. Silencios como el frío,
silencios como caricias, silencios de las habitaciones vacías y de los trenes
que no pasan más. Silencios condenados a desaparecer, silencios que no vendrán
nunca, silencios de aljibes. Silencios con forma de palizas, de roperos, de
cárcel. El silencio del océano, el silencio de la luna.
Bastaría con cortar una de
esas flores para darse cuenta.
El jardinero del turbante
azul desconoce cuáles son esas flores y no sabe tampoco que esas flores crecen
en su jardín ni en ningún jardín de Bagdad. Es un hombre común que riega sus
tulipanes mientras canta y que de vez en cuando elige alguna flor para
regalarle a su compañera. La flor que elige entre las flores, como todos los
tulipanes, se abre con la última luz de una tarde cualquiera y comienza a
secarse. Después de un tiempo, muere.
Las tres flores
extraordinarias de su jardín no son ni más ni menos hermosas que las flores
comunes de su jardín. Reciben como todas las flores el agua fresca de la
lluvia, el canto del jardinero y la visita de las abejas en verano. Las abejas
que eligen las flores extraordinarias podrían llevarse la risa, los insultos o
los silencios muy lejos de Bagdag, más allá de los desiertos y las montañas.
Pero son muchos los insultos, los silencios y las risas. Es difícil que se
acaben por culpa de unas pocas abejas. Además, las abejas prefieren el polen.
El jardinero no sabe de
esas flores, las abejas tampoco, tampoco esa mujer que de vez en cuando recibe
un tulipán como regalo y besa al jardinero en la frente. Pero a pesar de todo las tres flores
extraordinarias que guardan a su vez las risas, los insultos y los silencios,
crecen siempre en el jardín de un hombre común.
🖎Hernán Boeykens

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