EL VIEJO, EL OTRO VIEJO Y EL MAR


En cualquier caso, es ese teléfono en silencio después de los partidos del domingo. O que se acabó el etiqueta roja, no da el bolsillo para reponerlo y yo creo que había siempre una botella por la mitad en el departamento de Núñez, en ese mueble anticuado. Ese, el que tenía unas ventanitas de vidrio color caramelo. 
En todo caso, cualquiera de estos caprichos me haría escribir. O que también compartimos algunos, poquísimos, libros. Porque intercambiábamos más desencuentros y debates sin destino que novelas. 
Una vez te obsequié uno de Hemingway. Y al cabo de un tiempo, me dijiste:
“Termino de leer "El viejo y el mar", cuya versión cinematográfica vi primero con Spencer Tracy y creo que otra con Anthony Quinn. El libro tiene la ventaja de que podés releer cada pedacito de monólogo, en este caso, las veces que uno quiera. Es fantástico Hemingway, no te deja despegarte del relato ni un momento. Me emocionó la lucha del viejo Santiago -será por lo de viejo. Lo emparento con la lucha que tenemos todos, todos los días y muchas veces con la falta de elementos para sobrellevarlas. Es muy emocionante la valentía de un hombre solo, hasta lo último. Me quedo con la frase que destaca Villoro en el prólogo: “Un hombre puede ser destruido, pero no derrotado", da mucha fuerza para los que tenemos que pelearla fuerte.”
La verdad es que quería escribir sobre el mar y vos. Tu silencio ahí, y vos mirando no sé qué cosas del horizonte. Sobre caminar hasta los muelles de ida y vuelta. Sobre el sol que recibías con paciencia para recargarte y seguir el año entero, allá lejos, en las rutas, vendiendo ilusiones a color, seguros de vida, ropa. Tu cuerpo, tu fuerza, al fin y al cabo, se fueron desgastando como el embrague del Citröen. Viste paisajes que yo nunca vi, ni con vos ni con nadie. Los colores de los cerros en Catamarca, las aguas del Iguazú, la nieve en Mendoza, el fin de la tierra más allá de Ushuaia. A veces venías con un juguete. A veces venías con las tristezas de un vagabundo o con la impotencia de un changarín. Yo presumo que siempre esperabas el mar o un destino distinto al que te había dibujado la vida.
En todo caso, me alegra saber que esa es la frase que elegiste. Me alegra leer “pelearla fuerte”, imaginarte como un nadador en el agua brava del mar abierto. Aunque aún me resista a pensar que hay algo de valor en la soledad y en la estoicidad de los solos que aguantan hasta el final, en algo de eso nos encontramos. Braceando de a muchxs contra la marea, el mar se hace menos imposible. 
En algo coincidimos: porque andemos como andemos, rotos o de alma o de bolsillo, no nos han derrotado, viejo.

Hernán Boeykens

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