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Mostrando entradas de enero, 2019

AURORITA

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Se rascó la cabeza no sólo porque le picaba desde hacía rato por culpa del sol. Miró hacia abajo primero y luego adelante, calculando el trecho que le restaba para llegar. Resopló sin agobio: el pinchazo lo había dejado en llanta. (¡Justo a él!). Se bajó del asiento y apoyó el pedal contra el cordón de la vereda. La bicicleta se sostuvo con su propio peso en perfecto equilibrio. Como Aurorita era sordo de nacimiento, no escuchaba el ruido de los motores de los autos que pasaban como bólidos por la avenida. En el bolso de cuero debajo del asiento adonde llevaba los parches y algunas herramientas, había también una canica de vidrio con un tajo verde y amarillo como el ojo de un tigre. Se sorprendió porque no esperaba encontrarla allí, entre la solución, los parches y las llaves. Se agachó. Acuclillado era invisible en el asfalto, el viejo. Desajustó la tuerca del eje del buje para quitar la rueda. Los rayos sonaron unas pobres notas de óxido y acero, inaudibles para cualquiera, y más...

SIESTA

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La casa cruje como hojarasca. Sueñan los árboles, suena el río. Ella se ha sentado en el umbral. Hace un calor de todos los diablos y las gallinas buscan la sombra. Ella se arremanga la blusa y sus antebrazos brillan como la leña mojada. Se afloja, se descalza. Muerde un tallo de hierba silvestre. No tiene tabaco: la última moneda se le fue en arroz. Cierra los ojos. A lo lejos, la plantación se sacude como la sangre, el algodón crece. La tarde rezuma melodioso quejido, melodioso grito, melodioso silencio. Vibra su nariz, su paladar, todos los huesos de su cara. Las niñas duermen la siesta. Los árboles escuchan, el río se detiene. Ella acuna al crío y se mece. Ella canta. Go to sleepy, little baby por Bessie Jones 🖎Hernan Boeykens