AURORITA
Se rascó la cabeza no sólo porque le picaba desde hacía rato por culpa del sol. Miró hacia abajo primero y luego adelante, calculando el trecho que le restaba para llegar. Resopló sin agobio: el pinchazo lo había dejado en llanta. (¡Justo a él!). Se bajó del asiento y apoyó el pedal contra el cordón de la vereda. La bicicleta se sostuvo con su propio peso en perfecto equilibrio. Como Aurorita era sordo de nacimiento, no escuchaba el ruido de los motores de los autos que pasaban como bólidos por la avenida. En el bolso de cuero debajo del asiento adonde llevaba los parches y algunas herramientas, había también una canica de vidrio con un tajo verde y amarillo como el ojo de un tigre. Se sorprendió porque no esperaba encontrarla allí, entre la solución, los parches y las llaves. Se agachó. Acuclillado era invisible en el asfalto, el viejo. Desajustó la tuerca del eje del buje para quitar la rueda. Los rayos sonaron unas pobres notas de óxido y acero, inaudibles para cualquiera, y más...