AURORITA


Se rascó la cabeza no sólo porque le picaba desde hacía rato por culpa del sol. Miró hacia abajo primero y luego adelante, calculando el trecho que le restaba para llegar. Resopló sin agobio: el pinchazo lo había dejado en llanta. (¡Justo a él!). Se bajó del asiento y apoyó el pedal contra el cordón de la vereda. La bicicleta se sostuvo con su propio peso en perfecto equilibrio. Como Aurorita era sordo de nacimiento, no escuchaba el ruido de los motores de los autos que pasaban como bólidos por la avenida. En el bolso de cuero debajo del asiento adonde llevaba los parches y algunas herramientas, había también una canica de vidrio con un tajo verde y amarillo como el ojo de un tigre. Se sorprendió porque no esperaba encontrarla allí, entre la solución, los parches y las llaves. Se agachó. Acuclillado era invisible en el asfalto, el viejo. Desajustó la tuerca del eje del buje para quitar la rueda. Los rayos sonaron unas pobres notas de óxido y acero, inaudibles para cualquiera, y más para él. Tenía los oídos secos desde siempre y la música le entraba por los dedos. Quitó la cubierta con las dos manos, cuidándose de no enganchar la cámara con las uñas. Un clavo la había cortado. Entonces lo quitó, emparchó enseguida y le dio aire con el inflador que llevaba atado al cuadro. Por prevención nomás, pasó los labios al ras de la cámara mientras la hacía girar como un volante. Los labios son tan sensitivos que perciben la más ínfima fuga. Por eso besamos, para saber que el otro está allí, que no se ha ido, pensó Aurorita, y volvió a colocar la cámara dentro de la cubierta. La bicicleta seguía apoyada sobre el cordón de la vereda. Volvió a colocar la rueda delantera y ajustar la tuerca. Cuando contara que él había pinchado, se le iban a cagar de risa en el taller, imaginó, y unas notas roncas le salieron de la garganta. No rio, gorjeó como chimango.
El aire caliente por el asfalto se levantaba áspero y hacía flamear su camisa. Todo era silencio, menos los motores. Dio un paso breve hacia el costado para montarse sobre el asiento.
Cuando volvió a suspirar ya era un ángel o una botella de vidrio despatarrada en la calle. Solo, el esqueleto verde e inmóvil de la bicicleta, vibró por dentro. Vibró su hierro, blando como un alma.
El automovilista que lo arrolló nunca supo que había matado a un viejo sordo al que le decían Aurorita. Nunca se detuvo y recién tendría algún indicio del accidente en el inmenso garaje de una torre de departamentos de lujo al percibir una pequeña abolladura en el paragolpes.
Los chicos que le ponen nombre a su primera bicicleta y la cuidan más que al perro o al hermano menor, recordarían a Aurorita agachado en su taller emparchando los pinchazos, centrando una rueda como quien ejecuta el arpa, calibrando cambios, balanceándose en un diminuto banco de madera.
La ambulancia se llevó el cuerpo del viejo y la bicicleta quedó allí con su pedal sosteniendo el cordón de la vereda, apagándose, silenciosa, invisible, hasta que un niño la levantó y la apoyó sobre el árbol más cercano de la cuadra. El niño con una bolsa de pan en la mano, que había visto todo, nunca olvidó la cara del viejo, al que reconoció por la camisa manchada de grasa. Esa cara sin miedo, con una sonrisa leve dibujada, la cara sobre el asfalto caliente, no lo dejaría descansar nunca más. Nunca olvidaría tampoco al auto de alta gama alejándose por la avenida y lo que eso significaba. En silencio, el niño recogió la canica que había rodado hasta el cordón cuando los tipos de la ambulancia levantaron al viejo. La apretó tan fuerte que la hizo cambiar de color.
Nadie lo sospechaba (ni siquiera él) pero en el corazón acelerado del guacho había comenzado una revolución.

🖎Hernán Boeykens

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