SIESTA
La casa cruje como
hojarasca. Sueñan los árboles, suena el río. Ella se ha sentado en el umbral.
Hace un calor de todos los diablos y las gallinas buscan la sombra. Ella se
arremanga la blusa y sus antebrazos brillan como la leña mojada. Se afloja, se
descalza. Muerde un tallo de hierba silvestre. No tiene tabaco: la última
moneda se le fue en arroz. Cierra los ojos. A lo lejos, la plantación se sacude
como la sangre, el algodón crece. La tarde rezuma melodioso quejido, melodioso
grito, melodioso silencio. Vibra su nariz, su paladar, todos los huesos de su
cara. Las niñas duermen la siesta. Los árboles escuchan, el río se detiene.
Ella acuna al crío y se mece. Ella canta.
🖎Hernan Boeykens

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