BUENOS FANTASMAS
Eran las horas de la siesta o de las telenovelas. Grecia lloraba
por alguien, Andrea lloraba por alguien. Mi abuela miraba en silencio, ni
sorprendida ni angustiada, como si supiera todo lo que vendría después: el
sopapo o el beso, la ceguera o la silla de ruedas, la victoria de una mucama
convertida en señora o la tanda publicitaria.
Ahora los libros ocupan una fracción en la biblioteca de Ana y
cada tanto tomamos uno y lo leemos juntos antes de dormir, o antes de los
juegos que nos deparan las tardecitas mansas.
Las fichas se arruinaron en una inundación porteña en la casa de
Floresta, con agua del Arroyo Maldonado: los escarabajos, el feo lystrosaurio,
el elefante de Asia, los dingos australianos y una cuota de infancia duermen
desde entonces en algún relleno sanitario.
Pero los libros, no. Se niegan a que los mate el tiempo o el mal
tiempo, que es lo mismo. Se apenan de los family games abandonados, de los
álbumes incompletos, de los programas de catch y del Señor Televisor. Los miran
subirse al ferry desde la orilla del Aqueronte y, como son buena gente, ni
saludan, sólo aprietan sus hojas y se miran, sabiendo que algún día el viejo
les pedirá una moneda para ir a bailar a la otra pista.
Ahora que la casa está silenciosa, mientras reparto y ordeno
peluches, cartas, marcadores y otros objetos en la biblioteca, saco con el
índice el libro* de la colección que más me acompañó mientras Andrea lloraba,
mientras Grecia reía cada tanto y la abuela entraba sin querer en su propio
sueño.
Antes de abrirlo escucho la madera crepitar en una chimenea gris
de piedra, huelo el tocino salteado en el sartén y siento el frío que Esteban,
el hojalatero valiente que desencantó el misterioso castillo, sintió por un
momento antes de que un fantasma bajara, desmembrado, por la chimenea. Me da
hambre y entonces leo, con luz natural, semiluz de cielo encapotado… Esteban
charla tranquilo con el ladrón de ladrones condenado por San Pedro que escondió
las monedas robadas a sus asesinos en el patio, Esteban escucha y “atiza” las
llamas y le cree al ladrón y encuentra las tres bolsas con monedas y reparte a
cada quién lo suyo como decía el hechizo y libera de su condena al pobre mártir
y cobra la recompensa y se va en su burrito a vivir la buena vida y a seguir
remendando de vez en cuando algunas ollas y sartenes.
Sin decirlo, para no pasar por loco, le doy las gracias a Esteban
por hacerme compañía ahora que se viene la tormenta y la noche, en combo.
Luego me quedo en el sillón del living a esperar que vengan los
buenos fantasmas a la casa, justito ahora, que tiene el silencio de aquel
castillo embrujado en las afueras de Toledo.
🖎Hernán Boeykens
*“Esteban and the Ghost”, adaptación de
“The thinker and the Ghost” extraído de “Three Golden Orange” de Ralph Steele Boggs y Mary
Gould Davis, 1936. Texto des Sibyl Hancock e Ilustración Dirk Zimmer. Traducido
por Maria Elena Walsh para la Colección Veo Veo, Hyspamérica, Argentina, 1986.

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